Esperar no es pasividad. Es una forma profunda de confianza. En un mundo que exige inmediatez, la espera se vuelve incómoda, casi sospechosa. Pero en los caminos de Dios, esperar no es perder tiempo; es permitir que el tiempo haga su trabajo.
Hay procesos que no se aceleran sin romperse. Decisiones que necesitan madurar. Respuestas que llegan cuando el corazón está listo para recibirlas. Esperar es resistir la tentación de forzar lo que aún no está completo. Es aceptar que no todo depende de nuestra prisa.
La espera revela mucho de nosotros. Saca a la superficie nuestras ansiedades, nuestras inseguridades, nuestros deseos de control. Y al mismo tiempo, nos invita a soltar. A confiar más allá de lo visible. A descansar en la certeza de que Dios sigue obrando, incluso cuando no vemos movimiento.
Esperar también es un acto de humildad. Reconoce que no somos el centro del proceso. Que hay tiempos y ritmos que nos superan. Que la vida no se ajusta siempre a nuestros planes, pero sí puede alinearse con un propósito mayor.
Mientras esperas, algo se forma en ti. Se fortalece la paciencia. Se afina la discernimiento. Se limpia la motivación. Muchas veces Dios no retrasa la respuesta; prepara al que la recibirá.
Tal vez hoy te encuentras en una etapa de espera: una respuesta, una oportunidad, una claridad que no llega. Este momento no es un paréntesis inútil. Es parte del camino. Y lo que se aprende aquí será necesario más adelante.
No apresures el paso. No compares tu ritmo con el de otros. La espera bien vivida también da fruto.
Somos más que vencedores.
Pastor Sergio
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